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Crecer con la Memoria

Evocación a horas de hondo sentimiento profesional

 Por Lourdes Rey Veitia

 

Hoy ante la nostalgia de los recuerdo he vuelto a manosear aquellas crónicas que tienen veinte años en mi archivo personal. Las escribí cuando solo llevaba algunos meses en la profesión, - y

a pesar de lo amarillo del papel, de haberlas mecanografiado en una antiquísima máquina o de cualquier frase que no repetiría hoy -, de ellas nunca me he podido desprender porque fueron escritas  desde la urgencia de las circunstancias ante  el aturdimiento del sentimiento más hondo.

Cubrí la operación tributo en el municipio de Manicaragua, aquella madrugada de diciembre parecía más fría  que de costumbre  en medio de aquellas montañas. Aun recuerdo  cómo bajaban  los campesinos el lomerío - aquel  pueblo humilde, altivo y dolido-, rendía tributo a  ocho  de sus hijos, siete murieron  en el amanecer de sus  veintitrés años uno tenía treinta.

La ceremonia de honores militares comenzó a las  ocho de la mañana, pero ya desde las 4.30 de la madrugada habían llegado los restos mortales al recinto mortuorio. Se escuchaban  sollozos, pero el silencio impresionaba, hablaba, transmitía información, se volvía un terrible grito dentro de aquellos rostros  consternados, conmovidos,  estrellados, enmudecidos, pero serenos  de madres, esposas, hijos, padres y hermanos.

En esas crónicas  describí la mirada ingenua de un pionero que estoy segura ha guardado por siempre en su memoria el acontecimiento , las coronas de Fidel y Raúl, la banda municipal  casi improvisada que parecía una  sinfónica, dije también que la lluvia había cedido  ante el paso del cortejo,  que la montaña robusta se estremecían ante la dignidad, pero lo que continuo recordando intacto es la  mirada  lánguida, triste y a la vez esperanzadora de Sergio  Corrieri, ese inmenso intelectual y cubano integro, cuando  me dijo que no podía ser otro el lugar  donde  compartiría  la pena y el dolor del pueblo, por el cariño entrañable que le tenía a ese pedazo del Escambray y porque además, conocía a varias de esas familias que recibían erguidas  como robles a sus hijos y también a dos de los caídos.

Y, entre esos papeles  me sorprendí  el que hace veinte años yo hubiera dejado escrita una idea  que  sigue fiel en mi; esa de sentirme deudora de una proeza que es el internacionalismo y seguir sintiendo orgullo por aquellos que defendieron un continente que es fundación, lazo y fiereza de este pueblo.

 

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