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Crecer con la Memoria

La verdad en Haití es la asistencia médica cubana

 

El doctor Lorenzo Somarriba, quien dirige allí la misión de salud en ese país y los galenos que junto a  él libran la batalla contra el cólera aman profundamente su profesión.

Por Lourdes Rey

 

Tengo tantos amigos médicos de los cuales hablar que todos llegan hoy -día de la medicina latinoamericana- a mi memoria con especial  emoción. Marena mi amiga de infancia, con quien compartí  hasta  el  decimosegundo grado, es una de ellas. Alejandro, el hijo de mi jefa que cumple misión en Venezuela  es otro, mi propia  hermana,    es respetada y admirada.

Pero, entre todos ellos y muchos más que pueden inspirar estas líneas, quiero honrar a uno  que siempre ha sido especial: el doctor Lorenzo Somarriba López, quien dirige la proeza que protagonizan nuestros  médicos en Haití.

Lo conocí siendo subdirector de asistencia médica de Villa Clara, provincia del centro del la Isla. Por aquella fecha, los difíciles años 90, él tenía en su mente una obsesión: lograr que el territorio villaclareño exhibiera la mortalidad infantil más baja de Cuba y lo consiguió. Fue Villa Clara la provincia que primero bajó  ese indicador de 10 por cada mil nacidos vivos, luego de 9, en pocos  años se llegó a 5, hasta ostentar el 2,5 que hoy se mantiene comparable con el de las grandes potencias mundiales.

Aquellos fueron años  muy duros , de carencias y enfermedades que emergían como la neuritis óptica , el SIDA y recuerdo a Somarriba, quien  fue también el director provincial de salud, moviendo piezas como un Gran Maestro de ajedrez para mantener estables los servicios sanitarios, creando consultorios médicos en los más intrincados lugares de la geografía villaclareña, impulsando la medicina natural y  tradicional, tomando las más urgentes medidas ante los intensos ciclones de aquella época- Lily, George, Michelle-, constituyendo la brigada médica de la montaña  para  mitigar las posibles consecuencias  que pudieran ocurrir en la zona del Escambray.    

Siempre tuvo una  preocupación especial por la atención primaria de salud y fue un enamorado de la pediatría. A mi memoria viene la primera vez que mi hija tuvo un dolor de oído y acudí a él. Examinó a Malú con tal ternura y delicadeza que aseguro que podía inspirar un poema.

Es un hombre que lo entrega todo a su profesión y a sus pacientes.

Lo he visto en Haití ojeroso,  despeinado, con la mirada de preocupación característica que no  puede esconde cuando sabe que algo es embarazoso,  pero eso sí categórico, certero, calculador de consecuencias, preocupado por los mínimos detalles, sin perder la ecuanimidad,  trabajando en equipo, cualidades que por si solas inspiran confianza. Tengo la convicción, que aunque esta misión le es en extremo difícil, ganará la batalla, porque se supera  con inteligencia,  experiencia ante contingencias y  el humanismo de los que hacen grandes obras,  proezas inmensas y hazañas quijotescas.

He escrito estas líneas  no únicamente para exponer detalles de mis vivencias personales  de uno de los galenos que ayudan al pueblo haitiano, ni porque es un día especial en que se rinde tributo al gran sabio Carlos J: Finlay , sino y con toda intención, porque me duele  e indigna saber que hay  periodistas en el mundo que ignoran la obra de estos galenos cubanos, esos que sabiendo que dice  mentiras las afirman, no merecen respeto.

 A nosotros nos alienta que  junto a Somarriba hay cientos de  cubanos que  están por encima de esas ruindades y han ascendido la más  alta escala  de la solidaridad, el humanismo y la entrega.

 

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