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Crecer con la Memoria

Terrorista amañado

Luís Posada Carriles por décadas ha sido asesino. Ahora será juzgado tan solo por mentir. La hermana del copiloto del avión de cubana que estalló en pleno vuelo exige justicia; los agentes Berta y Félix, quienes impidieron la voladura el Monumento al Che, son testigos de las fechorías de este criminal.

 Por Lourdes Rey Veitia

El 11 de enero en El Paso, Texas, se iniciará un juicio contra el terrorista Luís Posada Carriles, después de demoras y posposiciones. Posada será juzgado, pero no por ser el autor intelectual de la voladura en pleno vuelo en octubre de 1976 del avión de cubana que trasportaba 73 pasajeros ni por los atentados con bomba en hoteles cubanos que le costó la vida al turista italiano Fabio Di Celmo, ni por idear la voladura del Monumento al Che, en Santa Clara. Se le juzgará por mentir bajo juramento. Mientras tanto los ojos de Ada Rodríguez tienen la misma nostalgia y desconsuelo de hace treinta y cuatro años atrás en que recibió la sorprendente y desconsoladora noticia de que su hermano Ángel Tomás, copiloto de la nave cubana - CUT1201- había muerto, víctima del atentado terrorista que dirigió Posada, en las costas de Barbados. “Aún siento el mismo frío electrizante que te llega al corazón, te hace un nudo en la garganta, no te deja respirar. Ahora la herida sangra más porque no se hace justicia, apañan al asesino, es increíble, a un terrorista confeso se le juzga por mentiroso”, dice Ada y rompe a llorar. “Yo cada vez que escucho la voz de mi hermano diciendo ¡Felo pégate al agua, pégate al agua¡ No puedo dejar de pensar en ese instante de desespero y saber que quienes segaron la vida de los que iban a bordo siguen impunes. El dolor me cala las entrañas y no encuentro sosiego ni consuelo a pesar de los años”. Esta mujer con su rostro sereno, donde se perciben emociones contenidas parece gritar ¡Justicia! “Mi cuñada Marlén González Arias, aeromoza, también viajaba en esa nave. La recuerdo alegre, cariñosa, atenta. Ellos tenían derecho a la vida. Eran demasiado jóvenes para morir. Se unieron en aquel vuelo para estar juntos, querían hacer crecer el amor y les llevaron la muerte. Mataron un amor que pudo haber sido lindo y grande”. “Mi hermano me contó varias veces que corría peligro. Pero amaba su profesión y desafiaba los riesgos. El sabía que podía morir en cualquiera de esos actos inhumanos. La ausencia de mi hermano destruyó a mis padres, ellos envejecieron rápido. Tomás era un joven que amaba, vivía, trabajaba con esmero, sabía que lo que hacía era útil, defendía la Revolución. Dejaron sin aliento a todas las familias de quienes viajaban ese día, eso no tiene perdón, tienen que pagar”. Casi sin voz busca dentro de si fuerzas. Se reincorpora. Se le ve firme y denuncia. “El amo del Norte está tan comprometido con Posada que tiene miedo que salga a la luz toda su complicidad, por eso han dejado impune este crimen. Es una ironía que juzguen a un asesino por mentir, exijo justicia, no me cansaré de hacerlo, aunque indigne esperar la justicia”. Un crimen no consumado Casi dos décadas después del atentado en Barbados Luís Posada Carriles con el seudónimo de Ignacio Medina organizó la voladura del Conjunto Escultórico Comandante Ernesto Guevara, de Santa Clara, para ello reclutó al salvadoreño Otto René Rodríguez Llerena. Tal como ocurrió con el sabotaje del avión, la acción que se llamó Tía Ramona fue apoyada por las organizaciones contrarrevolucionarias en el exterior y la mafia de Miami. Tuvo ese nombre porque al comunicarse la mafia de Miami con sus colaboradores en Cuba por teléfono la señal era -Ya Tía Ramona está en el hospital, te mandó las medicinas- entiéndase Tía Ramona el terrorista salvadoreño, el hospital la Isla y las medicinas, los explosivos. De consumar sus propósitos, no habría escrúpulos. Perecerían cientos de niños, asiduos visitantes del museo quienes buscan en esa institución cultural información de la vida del guerrillero o participan en las actividades culturales que aquí se realizan. Además podrían haber muerto los trabajadores de la institución o simples visitantes de cualquier país del mundo quienes por miles acuden diariamente al lugar. “Querían borrar de raíz la imagen del héroe, su epopeya en Bolivia”, afirman Juan Francisco Fernández Gómez, agente Félix para la seguridad cubana, un hombre de poco hablar que parece tener siempre la mirada en el horizonte, hacia donde mismo lo hace el Che desde su pedestal y Olga Alfonso Prada, la agente Berta, compañera en la vida y en la lucha, su más seguro enlace, quienes impidieron que se consumara el hecho junto a Oscar Madruga, con el seudónimo de Julito, ya fallecido. Cuando escucharon por teléfono la frase “Tía Ramona” el nudo en la garganta fue inmenso, “no podía consumarse de ninguna manera”, afirman y en los rostros de ambos, a pesar de los años transcurridos, es visible la angustia que sintieron en aquel momento. “Nada escapa a estos criminales, ni hoteles ni monumentos. Su filosofía es desaparecer todo lo que en Cuba huele a Patria y Revolución. Les duele tanto que el Che este entre nosotros, que no pueden soportar su perenne presencia”, acota Berta. Otto René en el juicio declaró que quien lo reclutó en El Salvador fue Ignacio Medina y reconoció en varias fotos y videos a Posada Carriles como la persona que se hacía llamar así. Berta y Félix, exigen también justicia y consideran que es indigno que se juzgue a Posada Carriles por mentiroso cuando hay pruebas fehacientes de sus crímenes y testigos como ellos. “En manos de las autoridades norteamericanas obran disímiles documentos y testimonios probatorios de los hechos terroristas de Posada, donde este asesino se jacta incluso de sus fechorías ¿Qué más se necesita para hacer valer la justicia?”, se preguntaron enérgicamente.

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