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Crecer con la Memoria

PRESENCIA ETERNA

Por Lourdes Rey Veitia

Aquel día, cuando se conoció la noticia del hallazgo e identificación de los restos del comandante Ernesto Guevara y sus compañeros de guerrilla, quedé conmovida. Algo dentro de mí comenzó a reaccionar diferente, entendí entonces que durante 30 años nunca había reparado en la certeza de la muerte de alguien que me era muy cercano.
Siempre lo había sentido presente, vivo, eterno e interminable. No comprendía que ahora tuviera un sitio para el reposo. La canción del regreso, “yo sabía que ibas a volver de cualquier lugar ”, me calaba tan hondo que me llenaba al alma. El “Hasta Siempre Comandante”, de Carlos Pueblas, tantas veces tarareado, lo sentía nuevo y único, porque Santa Clara se preparaba para un reencuentro trascendente.
A mi hija, de apenas tres años, no sabía como responderle sus ingenuas
preguntas, pues en esas repuestas debía explicarle la leve diferencia que existe entre vigencia y presencia.
Supe entonces que para los cubanos el Che había muerto solo por un simple instante, ese en que Fidel le comunicó al pueblo la certeza de la triste noticia de su caída en combate. Solo porque Fidel lo comunicaba era creíble. Desde ese momento he releído miles de veces la carta de despedida y no logro dejar de imaginarme el primer encuentro de ambos en casa de María Antonia, aquel día ni uno ni otro le habían robado la gloria al mundo. Treinta años después el mundo volvía a llorar la muerte de guerrillero, quien renacía con su ejemplo cabal.
El Don Quijote Americano, que con “su adarga al brazo entonaba himnos de guerras y victorias con tableteos de ametralladoras”, era un legado universal.
Días después, con el inicio de la construcción del mausoleo que guardaría sus restos y el de sus compañeros de guerrilla, en la Plaza de Revolución que lleva su nombre en Santa Clara, me di cuenta que me había equivocado. Regresaba vivo y se le esperaba como cuando libertó a esta ciudad, el pueblo volvía a la carga por él. Supe, una vez más, que era eterno.
Desde ese instante el lugar que creí estático, para sorpresa mía, ha sido siempre un espacio dinámico. Por intimo y personal que parezca, la vigencia y la presencia se unen para continuar haciendo el camino de su gloria.
Hasta el recinto llegan personas de todas latitudes, credos, razas y posiciones políticas diferentes. Allí junto a él he visto rezar, cumplir promesas, dejar flores, llorar, enamorar, tomar ánimo, emprender metas, establecer compromisos, celebrar victorias. Yo misma casi inconscientemente he realizado mis más entrañables confesiones.
Santa Clara se volvió otra después de su llegada, el pueblo de Villa Clara ha hecho de este, su sitio de entrega. Los niños llegan hasta el museo para conocer la historia del lugar y la del hombre que buscaba el sol, los recién casados dejan allí sus ramos, otros aprecian exposiciones de artistas plásticos y casi todos ponen flores en la base de su monumento y cantan tonadas patrióticas en días señalados.
Y allí se escucha la frase “Seremos como el Che”, algo que siempre suena tal alto aquí, porque se esparce por el Escambray y parece llegar hasta el Cono Sur Americano, ese que soñó liberar un día y por el que dio su vida 37 años atrás.
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