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Crecer con la Memoria

Carlota baila el 26

Vestida de  rojo, con una bandera cubana en la punta del garabato de Elegua, pidió por la Revolución y la felicidad.

 Por Lourdes Rey Veitia

 Foto Arelys Echavarría

 

Carlota - una mujer de  70 años-  estuvo en el acto  provincial por el Día de la Rebeldía Nacional en Villa Clara, llevaba consigo su religión, esa que le llegó de África  que heredó de sus padres y abuelos, que sabe a azúcar y sangre.

Estaba allí, frente a todos -incluso la presidencia- bailando al son de la orquesta que cerraba el acto político cultural. Vestida de  rojo, con un garabato de Elegua en la mano, se le veía orgullosa, no escondía sus creencias, las dejaba ver a toda luz con altivez. 

“Este es un garabato único -dijo- en la punta está mi bandera, estoy pidiendo por Cuba, con alegría y fe”, y siguió el ritmo.

Carlota en ese instante era una nueva  mezcla sincrética. Vestida de rojo y negro,  estaban  en ella los  colores símbolos de la generación del centenario que hace 57 años protagonizó la hazaña de asaltar los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo y Moncada, en Santiago de Cuba y los de Elegua.

“Elegua es la protección primera,  es quien abre los caminos y el Moncada abrió el camino. Es el primero de los guerreros. Es temible y feroz, nada lo detiene y así somos los cubanos”, aseguró.

“En la naturaleza está simbolizado por las rocas y las rocas son eternas como esta Revolución. Es el dueño del destino, abre la felicidad o infelicidad de los seres humanos.  Por eso bailo con él en este acto que es por la felicidad, por la unidad, por la vida,  que es bailar por el aquel 26, por este y por los que vendrán “.

 Corlota siguió bailando… estaba feliz. En ella se resumía nuestra historia, nuestras raíces, nuestra gloria de la manigua, nuestra sangre de siglos por la independencia, la soberanía y la Patria.

Elpidio Sosa: mi forma de honrarlo fue la luchar

 Su prima y un amigo recuerdan a quien vendió su empleo para aportar ese dinero a la laucha revolucionaria del 26 de Julio de 1953

 

 Por Lourdes Rey Veitia

 Foto Roberto Carlos Medina

 

Al iniciar la conversación  es perceptible que Aida Sosa y Emilio Guirola tienen un nudo en la garganta.  Ella confiesa  que el corazón se le vuelve miel al hablar de su primo más querido y a Emilio le cuesta recordar al amigo de la niñez.

Ambos evocan a Elpidio Sosa con la mayor de las noblezas, y con el dolor latente -como si el tiempo no hubiera pasado- y ya hace 57 años que su muerte enlutó la familia.

“Tenía por virtud la de ser justo hasta el infinito, no le gustaban los atropellos, ni los abusos, era una persona integra, recta, honesta”, precisan los dos

Cuando supieron que era una de las victimas del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de Julio de 1953 todos quedaron confusos, pero conociendo de sus convicciones podría esperarse un actuar intachable.

“Mi tía nunca se recuperó de la pérdida, comenta Aida. Yo lo sentí tanto que a veces lo he llorado en mi soledad, es que era un ser humano especial al punto de querer colaborar hasta lo infinito con el movimiento revolucionario que vende su empleo por 300 pesos, esa acción dice mucho de su carácter de lo que estaba dispuesto a dar , incluso morir”, asegura ella.

Emilio con más ecuanimidad  habla del muchacho que  compartió la secundaria y que la tuvo que dejar para ayudar a la familia, pero que siguió estudiando mecanografía, taquigrafía e Ingles para superarse, “luego se fue para La Habana, simpatizaba con Eduardo Chivas, era miembro del partido Ortodoxo y conoce a Fidel, de ahí al Moncada solo fue un paso”, aseguró el amigo que es también esposo de la prima

Aida lo escucha emocionada y apunta “cuando supimos de su muerte yo temblaba, aun siento el escalofrío de aquel día,  diría que experimente rabia, odio, impotencia , lloré…  eran muchos sentimientos unidos y ninguno positivo hasta que me dije ’ te toca hacer a ti lo que él ya no puede’ . Así me incorporé a la lucha, formé parte del movimiento 26 de Julio en Sagua la Grande y participé en la huelga del 9 de abril de 1958 como una combatiente activa, esa era mi única forma de honrarlo”.

 

Roberto Mederos: En Varadero o con la muerte en Santiago

 

Su prima Petra Rodríguez lo recuerda de una manera intima y personal

Por Lourdes Rey Veitia

Foto Roberto Carlos Medina

 

En Sagua la Grande, ciudad del note de Villa Clara,  muchos de sus centros de trabajo y escuelas llevan el nombre de Roberto Mederos -asaltantes al cuarte Moncada en Santiago de Cuba- y es por orgullo, diría que para hacerlo presencia en ese afán de renacer las virtudes.

A Roberto lo recuerda su prima Petra Rodríguez de una manera intima y personal, lo hace con reservas casi hay que convencerla porque  considera que es la persona más indicada, pero a pesar de ello en su conversación  el recuerdo fluye y deja ver  quien fue uno de esos elegidos  que hace 57 años estuvieron entre la pólvora y la metralla.

 Al hablar, Petra tiene humedecidos los ojos, su voz es suave  -ello incluye la modestia del testimonio- y aclara “no se mucho… sólo puedo contar que nuestra abuela  nos reunía a todos en noche buena. Roberto era el entusiasmo de la fiesta y de aquellas comidas donde  todos -absolutamente todos-teníamos que participar, él y los suyos venían de La Habana donde ya vivían”.

“Adoraba a la madre. Ella, no miento si digo que a pesar de tener otros  hijos lo veneraba, eso si,  había razones: su carácter llano, animado, con el don de dejarse querer”, dice y  a pesar de que el recuerdo le invade busca otras ideas en la memoria.

“Su muerte sorprendió. La familia más cercana lo hacia por esos días en Varadero en un velero. Que cosas más dispar, de la playa más linda del mundo a la realidad más cruel: la muerte en un combate  desigual en Santiago de Cuba”,  afirma esta mujer  y sigue hurgando en sus pensamientos

“Luego  su propia madre razonaba que aquello de regresar tarde en la noche con la ropa enfangada era porque estaba en las prácticas de tiro”.

“Nunca me lo hubiera imaginado con un fusil en la mano pero ya ve usted cuando tuvo que decidir lo hizo hasta el punto de entregar la vida. Hasta después de muerto  Roberto nos sorprendió  cuando supimos de su hidalguía, la entereza y el valor de aquella acción donde dejo la vida,” afirma y se enjuaga los ojos donde han comenzado a  asomar  de nuevo las lágrimas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recordando a Abel

Por Lourdes Rey Veitia

Foto: Roberto Carlos Medina

 

Abel Santamaría Cuadrado es recordado siempre con la admiración de los grandes en el municipio villaclareño de Encrucijada donde nació. Allí la mayoría de los establecimientos, escuelas, centros de trabajos llevan su nombre, una plaza con su figura lo eterniza. Tenerlo cerca ha sido una necesidad.

Entre los que lo conocieron está intacto el joven, también  el niño aplicado que sobresalía sin proponérselo, pero lo que emociona es que  para este pueblo el segundo jefe del Moncada es presencia y vigencia a 57 años de su asesinato cruel.

Paca, la nana

Al escuchar a  Francisca Suárez, -Paca- quien fuera la nana de Abel, parece que el tiempo no ha pasado, que el niño está allí junto a ella meciéndose en su columpio, es casi como una retrospectiva.

“Siempre me pedía que le hiciera cuentos y yo le decía: ‘se me acabó el repertorio, tu crees que yo soy cuentista’.  Una vez me pide que lo acostara, yo estaba atareada y le digo, ‘busca el piyamita que está en el clavito detrás de la puerta, y me contesta

- ‘no es que  le tengo miedo a los “pantasmas”. Mire usted, él con miedo a la oscuridad  y después el segundo del Moncada”

De pronto Paca vuelve  de sus recuerdos y es visible cómo se le  mezclan los sentimientos. A esta mujer de más de noventa años se le ha  cuajado el rostro, casi no entiende la muerte de Abel y han pasado 57 años. Llora, sentada en el columpio donde lo acunó.

“La última vez que lo vi fue en La Habana en el apartamento de 25 y O, pocos días antes de los acontecimiento de Santiago de Cuba.  Yeyé* lo había mandado a comprar unas cazuelas - ya eran muchos a comer en aquella casita- aclara. Él trajo una sola y ella le repostó porque debían ser más, pero no paso de la querella porque ella lo adoraba, lo seguía a todas partes. Cuando me fui a ir me abrazaba fuerte, me apretaba contra su pecho, me besaba y a mitad de camino viró y me volvió a abrazar… Esa creo que fue una

 

 

 

 

 

 

despedida. Paca solloza y sigue narrando y no exactamente uno de los cuentos infantiles que le inventaba  al niño junto al columpio de la casona de Encrucijada. 

“No podía creer que fuera cierta su muerte… Cuando me enteré  salí corriendo para casa de Joaquina**, ella estaba atontada, eran dos hijos en la misma situación. Nos abrazamos, no teníamos consuelo y cuando me dijo, “le sacaron los ojos, esos por donde se le escapaba el alma”, lloramos durante horas”.

Aquel amor inconcluso

Eulalia Vega tiene un recuerdo dulce, de esos que perduran siempre por auténticos y eternos. La muerte injusta de Abel Santamaría truncó entre ellos un amor juvenil. Ella aun recuerda aquella época en que “El Polaco”** la enamoró…

“No fui su novia -reconoce- porque la muerte y las circunstancias no lo permitieron, pero fui una amiga muy cercana. Cada vez que Abel venía a Encrucijada me visitaba, conversábamos mucho, me preguntaba por la “situación “,  yo le comentaba con mi visión estrecha del momento”.

“Bailábamos. Fuimos a pasear al campo, montamos caballo, íbamos de romería, de fiestas campesinas, el era un hombre amable, muy educado. Nos teníamos aprecio y cariño mutuo, diría que entrañable. Siempre he sentido orgullo de haber sido su amiga”, dice y en sus ojos está el brillo de los sentimientos más puros, esos que pudieron haber germinado de seguir con vida Abel.

“Si me hubiera comentado en lo que andaba creo que lo hubiera acompañado, que hubiera estado junto a él”, confiesa y lo hace con sinceridad mientras manosea fotos de aquellos momentos y parece rejuvenecer, no puede esconder en su mirada la suspicacia de la juventud.

Eulalia sigue hablando y su voz se hace suave, lenta. “Todavía lo recuerdo y sueño con aquel pedazo de mi vida que fue hermoso y que tuvo  como privilegio estar cerca de un hombre intachable”, afirma y esta vez aparece una lágrima en sus ojos.

Martí en Abel

Abel conoció a Martí  de la mano del maestro Eusebio Lima  Recio, un pedagogo de altos quilates que trabajaba en el central Constancia donde el Héroe del Moncada pasó parte de su niñez y juventud.

 

 

 

 

 

 

 

Según cuenta  Lucila Lima, hija de Eusebio, el padre lo recordaba  muy aplicado, inteligente, respetuoso, con una ética profunda.

“Una vez llegó un nuevo alumno al aula, pero como los pupitres eran individuales no había asiento para este. Abel durante días

compartió su lugar con el recién llegado. Luego hizo que su padre le hiciera al compañerito un asiento.

“Era también el último en salir del aula -fundamentalmente los fines de semana- para que papá le indicara y le orientara qué libro o qué lección de Martí leer. Así se ganó el concurso “El beso de la Patria”, escribiendo del Apóstol”, afirma Lucila.

“Mi padre y él se convirtieron con el tiempo en grandes amigos, la última vez que estuvo en el pueblo vino a la casa, buscaba al viejo,  conversaron mucho, sobre todo de Batista. Mi padre que lo conocía bien comentó que le había sorprendido la madurez de Abel, que su pensamiento era otro, radical, pero hombre sabio guardó silencio.

Eran días antes del asalto al Moncada, ya Martí era su paradigma y como dijo Fidel ellos traían “en el corazón las doctrinas del Maestro”.

 

Pie de Fotos

 Paca, desde el columpio, recuerda la infancia de Abel

 Eulalia conserva recuerdos de aquella época juvenil.

 Lucila evoca al padre y al alumno ejemplar

 

 

 

* Haydée Santamaría, hermana de Abel, Heroína del Moncada

**Joaquina Cuadrado madre de los hermanos Santamaría

***Forma  en que nombraban a Abel en Encrucijada por ser rubio y de ojos azules

 

Conocí a un hombre que es Martí en persona

 

Así le comentó Osvaldo Socarras Martínez a su padre meses antes de las acciones del Moncada, se refería  a Fidel Castro

Por Lourdes Rey Veitia

Fotos Roberto Carlos Medina

Felicia, la hermana del mártir Osvaldo Socarrás Martínez, uno de los cubanos que  asaltó el Cuartel Moncada el 26 de Julio de 1953 sigue viviendo en el mismo lugar  donde  se fundó su familia, allí en la  barriada del Carmen, de Santa Clara y sus recuerdos se remontan a la humildad de su casa y la  discriminación por el color de la piel.

“Mi hermano solo pudo estudiar hasta el quinto grado en una escuela pública,  limpió zapatos, recogió botellas, fue barbero”, recuerda esta mujer que tiene  la doble condición de ser enérgica y dulce.

Cuando habla de Osvaldo lo evoca como alguien exacto, rebelde y justo. Puntualiza que en 1934 decidió irse para La Habana en buscar de mejores horizontes, allí se convierte en parqueador de autos en el Parque de la Fraternidad, donde entabló amistad con los hermanos Almeijeiras; Roberto Mederos, Pablo Cartas y otros jóvenes que tenían inquietudes revolucionarias. Es de los que  repudió el  golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.

Según investigaciones realizadas sobre la personalidad de  Socarrás Martínez  se ha conocido que realizó  declaraciones al periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular,  donde denunciaba los males de la época: “Ganó menos que antes del 10 de marzo y paso más hambre. Vivo peor. Este gobierno no ha cumplido nada de lo que prometió al pueblo”, así se recoge en las crónicas de la época.

“Mi hermano quería luchar, reconoce Felicia. Rebelarse contra  el régimen, un día se lo hizo saber a nuestro padre durante la última visita que realizó a Santa Clara, cuando ya estaba involucrado en la lucha. Le dijo: “Viejo, conocí al hombre que dará la libertad a Cuba. Es Martí en persona”. Se refería a Fidel”, aclara.

 

“Se sabe que abandonó el Parque de la Fraternidad  junto a Juan Manuel Ameijeiras, Pablo Cartas, Roberto Mederos, Gerardo Álvarez y Félix Rivero. Iban en un auto Chevrolet. Supe también que  Melba Hernández, Heroína del Moncada, cuando lo conoció expresó “a pesar de ser un hombre maduro, en nada se diferenciaba de los jóvenes  que  lo acompañan”. Después vino lo peor. Supimos que él fue uno de los asesinados en el cuartel”, en este instante y a pesar de haber transcurrido 57 años  en la voz  de Felicia hay aun ira por la muerte injusta del hermano y orgullo por la gloria de haber servido a la Patria.

 

Santa Clara no duerme

Por Lourdes Rey Veitia

Santa Clara no duerme. Puedo dar fe, yo que tampoco he dormido. Ayer  a las 12 de la noche - después de terminar un documental en Telecubanacán, cuando venía de regreso a mi casa, y atravesar la ciudad- me di cuenta que este pueblo es incansable.

En los primeros minutos de este 24 de Julio la ciudad estaba encendida, sus gentes en las calles, haciendo. El parque Leoncio Vidal parecía un hormiguero a esa hora, entre tarimas, equipos de audio, cables y consolas cientos de trabajadores daban los toques finales para la realización de la gala esta noche.

En cada esquina las personas se inventan qué hacer.

Es inspiración. Porque el entusiasmo ha ido en asenso y anoche tuvo un tope.

Hoy, además de la gala homenaje al aniversario 57 de los asaltos a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba  y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, se recibirán a los que protagonizaron  esa hazaña los que recorrerán sitios históricos y económicos de la provincia. En cada cuadra habrá fiesta esperando el día de gloria, en la Loma del Capiro están preparados tableros de voladores y fuegos ratifícales que  darán la bienvenida al 26 de Julio a las 12 de la noche… Quedan horas, pocas, y todos por acá se ocupan el tiempo para sentirlas pasar más rápido.

Estos días han sido combustible para andar, nada detiene a este pueblo que  se ha propuesto estar por Siempre en 26, lo aseguro, yo que creo resuelta y decididamente en esa idea.

¡Qué alegría¡ Y contagia, sino por qué a estas horas escribo esta crónica…

 

Canciones a las victorias de un pueblo

Por Lourdes Rey Veitia

 

 

La gala cultural en saludo al aniversario 57 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes fue expresión del talento artístico formado en la provincia de Villa Clara durante las últimas décadas y de los valores culturales que de  este territorio han trascendido a la nación.

El centenario Teatro “La Caridad" -recientemente restaurado en su totalidad-  no necesitó adornos adicionales. Su original y colonial estructura sirvió en su conjunto para mover el elenco entre el escenario, los palco y todo el recinto.  

El Trío Trovarroco, integrado por  Rachit, Maikel y Bacaró,  se destacó por sus cualidades instrumentistas, virtuosismo que parece multiplicar la guitarra en laúd, el tres en clavicordio y el contrabajo en chelo.

Las inolvidables canciones del caibarienense Manuel Corona -Santa Cecilia, Longina y Aurora- crearon un bloque dedicado a  homenajear a la mujer y a la trova  tradicional cubana en las voces de las interpretes María de los Ángeles Santos , Mayelín Pérez y el Trío Palabras.

La música clásica se vistió de gala: los tríos  Raptus y Arte Ego, la Orquesta de Guitarras, la  Sinfónica provincial, dirigida por la joven Irina Toledo, y la de Cámara con el experimentado Rubén Urribarres al frente, mostraron que hay un camino seguro en la provincia en este tipo de manifestación. A esto súmese que el Coro Provincial  interpretó  “Cantos de los Cafetales”, del remediano Alejandro García Caturla, pieza de extremadas complejidades, y   Audinos -único coro de hombres del país- acompañado por la pianista Freyda Anido se distinguió como una agrupación particular.

A su vez el Quinteto Criollo, expresión de la música campesina cubana de altos quilates que se  gesta en esta parte del país y el proyecto Trombotivitis, de la Asociación Hermanos Saíz, marcaron la diferencia estética  y la variedad de género que se cultiva en el territorio. 

De lujo fue el homenaje a José Martí. La musicalización del poema del Apóstol “Dos Patrias” y la excepcional interpretación del mismo  por el dúo de Yanet y Quincoso hizo estremecer en aplausos al auditorio.  Emotivo fue también el recuerdo al Che Guevara. Con el se abrió la gala, fueron los niños de la Banda Infantil de Remedios, dirigidos por el profesor Ramón Olarde, con el Himno del Guerrillero, de Enrique González, quienes pusieron de pie a los presente. Con Guevara concluyó  el espectáculo. La canción ”Batalla de Santa Clara”, interpretada por Gustavo Felipe Remedios, con más de dos décadas de compuesta, parecía renovada al ser acompañada por la Orquesta Sinfónica y todos los cantantes que intervinieron en la velada.

El espectáculo se extendió entonces a las afueras del teatro, -y por todo el centro histórico- cuando tableros de voladores y fuegos artificiales lanzados desde cualquier parte de la urbe iluminaron la noche. Santa Clara miraba al cielo, lo vio estrellarse, vestirse de colores y en los rostros de los que admiraban el acontecimiento estaban resumidas la alegría por las victorias de un pueblo que Siempre está en 26.

 

26 de Julio junto al Che por América

| Lourdes Rey Veitia

 

Junto a las banderas cubana y del 26 de Julio ondea en la Plaza de la Revolución Comandante Ernesto Guevara, de Santa Clara, el estandarte de la hermana República Bolivariana de Venezuela.

La conmemoración  del  Día de la Rebeldía Nacional  tiene entre sus motivaciones a Martí, Bolívar y el Che. La parte cultural contempla la presentación del Conjunto Nuestra América que interpretará un tema del folclor venezolano, un grupo de trovadores de la provincia, acompañados por músicos del territorio y el Trío Trovarroco,  harán una versión de la canción “ Son los sueños todavía”, de Gerardo Alfonso. La Orquesta Alejandro y sus Onix tocará el número “Caguairán”, dedicado al Comandante en Jefe Fidel Castro. Se dirán textos  alegóricos  a la fecha. El espectáculo está dirigido por Juan Carlos Delgado.

Santa Clara, desde el recinto donde  se perpetúan  los restos del Che y sus compañeros de la guerrilla latinoamericana se honra al dedicar esta conmemoración a Cuba , Venezuela y “Nuestra América”.